Se trata de avanzar en cada decisión que uno toma. Después se descubre que verdaderamente somos dueños de cada paso que damos, de cada camino que elegimos. Nadie es dueño de nuestra voluntad. Así enfrentamos nuestros demonios y miedos, la capacidad de impulsarnos a lo desconocido y nuevo, sin saber que puede resultar. Pero quien se arriesga tienen el poder de experimentar el goce del cambio, de un infinito número de posibilidades que se presentan. No se trata del objetivo en si, no es la meta. Es el desafío de dejar atrás lo que dolió. Encontrar en nuestro interior un lugar donde arda la felicidad y queme la tristeza. Cambiar una piedra fría por un rayo de Sol.
