Parte del momento final en esta transición.
El inicio del fin no es ni mejor ni peor que todos los oscuros recovecos que se han estado atravesando a lo largo de este valioso tiempo, y sustancioso en calidad de conocimientos que llevaran quizá a una forma menos opresora del alma, de vivir. Permanecer, como forma de seguir en pie, se ve implicado directamente con el movimiento circular y el avance intermitente del flujo de la energía que existe en todas las cosas, en los hechos, en las personas y en las circunstancias; las que nos llevan a ser parte de la dinámica rueda que sigue girando desde la mínima noción que nos hace despegar nuestros parpados una mañana para iniciar el día a día, dando por resultado solo la capacidad de ser conscientes que seguimos eligiendo y no iniciamos nada más que perpetuar ese ciclo infinitamente renovador.
Cuando en nuestra secuencias determinamos el encuentro con otras personas, a diferentes niveles, con distintas intensidades y hasta casi sin saber la verdadera razón de ser de tal encuentro, modificamos invariablemente el transcurso de un futuro en donde la elección de hoy es condición circunstancial del mañana. Que sienta que hay un misterio extrapotencial que nos acerca a un determinado ser en un contexto de tiempo y espacio bien detallado, no quiere decir que crea en el destino como un ente creador de situaciones imposibles de transformar. Más bien por el contrario, la transformación empieza en el mismo instante en que ante un primer encuentro ya comenzamos a elegir si perpetuar o no ese contexto con el simple pensamiento.
Si se da la cualidad de conexión mental entre ambas partes del vínculo, las circunstancias en el espacio y el tiempo se trascienden a formas sublimes y por demás intensas, donde solo la práctica de llamar al silencio para escuchar los sutiles cambios internos, nos permiten distinguir las variables que nos avisan que del otro lado alguien ha perpetuado la conciencia compartida del momento ya vivido.
