domingo, 8 de abril de 2012

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Hace unos días me dediqué a respetar los silencios que mi yo me dictaba. Descubrí de lo mucho que disfruto no emitir palabras, no abrir mi boca, dejarme llevar por el silencio. Escuchar. 
Pero me pierdo, y me encuentro de pronto distante frente a los demás. 
Las personas se encolerizan, de repente todos gritan, de repente se precipita el silencio, se inunda de gestos, las frases interminables estropean la calma...
Las palabras me marean, me golpean, me entristecen, me sacuden, me despiertan, me enojan, me alegran, me dan risa, me dan llanto. No puedo contra ellas, son mas fuertes que cualquier persona. Son mas letales que miles de  dardos cargados de veneno. Son adictivas, y lo se mejor que nadie. Me tienen ellas retorciéndome de a ratos y relajándome de a otros. Las necesito, sean propias o ajenas, prestadas, robadas... 
Pero las encuentro mas bellas en el vació; 
en el exterior silencio de los gritos dentro de mi mente...