domingo, 27 de noviembre de 2011

Me mostró un camino con simples descripciones haciéndome comprender que lo improbable era más que la realidad. Nos sobrepasaba a ambos. A la entera humanidad. Si bien yo sé que no voy a sobrevivir, (porque de verdad no sé si quiero) me gustaría al menos partir con la conciencia de que me liberé por completo de la opresión rutinaria de mi espíritu. Que los cambios son la transformación de dejar a la distancia, hacer con el instante y respirar hasta la próxima exhalación.
Que uno deje atrás no siempre implica una cuota de olvido y por supuesto, mucho menos que el reencuentro sea imposible. Las posibilidades abundan flotantes como cronopios solo la mente humana fabrica limitaciones y bordes no traspasables. Y esto, porque un momento se aconteció cuando la vi después de 20 años y cuánticos instantes. Lloré. Con la absurda expresión de 3 lágrimas rodando por mi cara y el pulso temblante. Pero me comprometí a sentir en vida eso que me sucedía, y entendí lo horrible de ser que estaba siendo. Que vive en mí y no domestiqué para  torturar y hacer sufrir a una indefensa criatura.
Ahora se acerca el final de los tiempos de lo que nos parece el camino correcto, y muchos de nosotros hemos tenido que enfrentar esa terrible verdad, de vernos reflejados en la imagen que no somos buenos, ni puros, ni sinceros. Hemos destruido lo más hermoso. Nos olvidamos de amar. De amarnos. El cambio implica concientizarse, aunque se crea que es inútil y en vano intentarlo. Yo les digo, dejen que su mente vuele rítmicamente con su latir, pisando la tierra haciendo realidad el cielo y con las manos alcanzando las raíces del viento; dejándose traspasar por la luz del Sol, creciendo con las flores que curen del espíritu. Que la lluvia alimente los sueños de sentirnos en paz.