martes, 29 de noviembre de 2011

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El espejo retrovisor aleja imágenes que retrotraen el momento en que cerca del olvido, te alejabas de la verdad. La realidad era esa oscura mentira, dibujada en acuarelados colores que con un llanto angustiante se fue decolorando. El tiempo los alejó. El miedo los conquistó. Soledades interminablemente putrefactas.
Su sabia decisión, ¿en busca de qué? La llevó a pararse ante el espejo una y un millón más; si quería sentir real y sincero, si eso era posible alguna vez como soñaba con el Sol en sus pupilas… tendría que arriesgarse a exponerse en cuerpo y alma. Tenía que abstenerse, separarse. Hasta una especie de olvido.
Porque siempre fue ella ante el espejo y nada más que ese reflejo. Y un sabio le enseñó que cuando el siguiente paso es el momento merecedor del sentimiento, solo allí, uno es el espejo y el otro reflejo, quien justifica la capacidad de demostrar y sentir también.
No es creer. No es entender. Es fluir en el estado de la alegría espontanea que genera una sonrisa imaginada y tan real a la vez. Estar allí. El uno, el otro. En un instante serían ellos. Sólo eso basta para reconocer que se está vivo. Que el dolor fue crecer. Que cerrar puertas, un camino. Abrirse a ese cierre es darle paso a la luz. Luz iluminada en la sonrisa. Viajando por el aire, donde se conocen antes que en el plano de los gestos…

¿Es de soñadores creerse enamorado, sin ni siquiera actuar (a lo que todos ven) ese sentimiento? ¿Y si es real?
Parada frente al espejo, mil y una después, un carbón es un diamante. Y es realidad. Y es enamorarse. Y sos vos del otro lado donde YO ESTOY.